martes, 27 de enero de 2009

Mi brasero! Nunca te he dicho lo mucho que te quiero...

Rojo pasión, llama ardiente, calor incesante.... para mis tardes de frío en San Vicente. Mis simples palabras nunca podrán expresar cuánto te amo, mas quiero que sepas que sin ti no me hago.
Te descubrí una tarde tras buscar detrás de las puertas la simple calefacción. Ese aparato estático, fijo e inmutable, que mantiene un calor constante y a la que no echo de menos en los momentos del baño. A ti, sin embargo, siempre te extraño.
Es sin duda un descubrimiento lleno de emociones, sentimientos y pasiones que evocan tiempos de antaño: una chimenea artificial, un recogimiento interior que te evade del exterior (de la faldilla).
Aunque me quemes los pies y me salgan cabrillas siempre tendrás un lugar debajo de la mesilla (y dentro de la faldilla). Y cuando llegue la primavera y con ella el deshielo (expresado en el moho de mis paredes), haz el favor de no caer presa de los celos, que sabes muy bien que cuando se acerque el invierno te gritaré lo mucho que te quiero mientras te quito el polvo con mi plumero.

Moraleja: las tarde de San Vicente dan para esto y mucho más.

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