
Yekaterina es una niña que vio la muerte de sus padres en la explosión de gas que asoló su barrio. Tras la confusa explosión que ocurrió cuando ella jugaba en su habitación, apareció un penetrante olor a gas que le causó una sensación de mareo que la hizo caer en aquel abismo de oscuridad. La primera sensación que percibió, de todo lo que la rodeaba, era unas rocas y pasos acelerados a su alrededor. Al abrir los ojos, exaltada, descubrió todo lo que había pasado; un desastre que había dejado su casa en escombros, la había separado de su familia y la única señal de vida que descubrió eran los sanitarios que la rodeaban haciéndola preguntas que le parecieron confusas y las cámaras que grababan el desastre que marcó su vida. Minutos más tarde vio el cadáver de sus padres, imagen que quedó grabada en su mente con un toque de dolor. Por más que buscó no pudo encontrar a su hermano, no quería ir al hospital sin encontrarlo; pero un joven voluntario logró convencerla para que fuese, prometiéndola que él les reuniría.
Dos semanas más tarde la trasladaron a un orfanato de la ciudad. Al llegar la invadió una extraña sensación, tenía el presentimiento de que algo bueno le ocurriría. Días más tarde, jugando en el patio ve a un niño columpiándose en los columpios de su orfanato; algo la impulsó a acercarse allí. Cuando reconoce al chaval corre a abrazarle, era su hermano Oleg, al que tanto tiempo llevaba buscando. Años más tarde descubrió que el voluntario fue el que lo llevó allí.
¿Físico o Químico?La imagen evoca una catástrofe,seguro que se recuerda ya que ocurrió hace tan solo 7 años; se observa la preocupación de los gallegos por eliminar los residuos tóxicos de sus costas (todo se da usando la imaginación). En la parte derecha se ve un caballero bailando con su mujer frente a la catástrofe, junto a ellos un podre hombre sujetando un paraguas...(posiblemente es esta parte cambiando al caballero por el presidente del gobierno del momento, a la mujer por la esposa de éste y, al pobre hombre del paraguas por un político cualquiera , expresa la ¨gran¨ preocupación que le ponían al asunto). No se les puede discutir, ya que pusieron ¨grandes¨ remedios en que no les cayera la ¨mierda¨ encima.

Campos de cimientos
La hierba regada por el rocio empapaba sus pies. Su vestido verde y corto hacía juego con el espeso manto de follaje, y las flores de su sombrerito de paja con aquellas que adornaban el campo. Le encantaban aquellas mañanas de primavera, en que saltaba por el campo de sus abuelos, acompañada por el trino de los pajarillos y por las hacendosas hormigas, por el sonido del correteo de los pequeños roedores pateando la tierra y por el inconfundible sonido de las ovejas de su abuelo.
Corría a darle un beso cuando lo veía, y ayudaba dispuesta a su abuela, descansaba a la sombra de los árboles en verano, comía frutos secos en otoño, y se calentaba en la chimenea en invierno, esperando a que la naturaleza despertara, esperando para volver a adornarse el pelo con flores.
Cogió una enorme regadera de su abuelo, o al menos le parecía enorme a los seis años. Empezó a regar el ciruelo plantado por su tía hacía dos años, impaciente por saborear su dulzura. El frutal empezó a crecer, y sus hojas empezaron a metamorfosearse en alambres, sus ramas en cables y su tronco en una barra metálica.
Horrorizada, corrió hacia atrás y soltó la regadera. En ese instante, el trino de los pájaros se transformó en el estridente sonido de su despertador.
Sus sueños se disiparon como las sombras tras el nacimiento del astro rey. Respiró entrecortadamente. Se incorporó. Se quedó mirando al vacío. Aquel sueño la había trastornado. Se reprendió a sí misma por dejar que un sueño la dejase así a sus 34 años.
Pero el sueño la perturbó durante todo el día; estuvo a punto de perder el metro, y lo frenético de este le causaba extrañamente un profundo mareo. En el trabajo no daba pie con bola, pues su mente estaba en otro lugar.
Llegó a su casa. Miró a través del frío cristal la más fria ciudad, pétrea, ajetreada, demasiado ocupadaen mantener su rutina para vivir su vida.
La calefacción le aturrullaba la cabeza. La apagó, apagó la tele y se tumbó en la cama, pero Morfeo no se dignó a presentarse.
El sueño de la noche anterior la había perturbado demasiado. Pensó en su infancia; su abuelo había muerto, su abuela también; sobre el campo de su infancia habían crecido unos bloques de pisos, y de sus amigos de su infancia no sabía nada.
Había sacrificado todo por sus estudios y por su trabajo; había sacrificado su sueño de estudiar Bellas Artes por sus estudios de Economía. Había perdido el contacto con la mayoría de sus familiares. Salía temprano y volvía tarde, y sólo su madre la llamaba de vez en cuando.
Entonces se dió cuenta, había dejado de trabajar para vivir para empezar a vivir para trabajar, pero a su edad ya no había salida.
Se miró en el espejo de la cómoda y, durante unos instantes vio a la niña que había sido sonriéndole. Tal vez no era tarde; descolgó el teléfono...
Alberto Núñez Rodríguez

No hay comentarios:
Publicar un comentario